Hay que recordar que muchos antes de emprender y tener nuestra propia empresa, fuimos empleados o como le llaman hoy “Godinez”.
Cuando éramos empleados, procurábamos llegar a una hora adecuada, cumplir con nuestro trabajo, y dar un poco más para poder darnos a notar e ir haciendo méritos para un posible acenso, aumento de sueldo, o simplemente asegurar el trabajo.
Y es en ese día a día de ir a trabajar, que a muchos nos pasó lo siguiente: cuando dábamos nuestro mejor esfuerzo, este no era valorado como queríamos, no nos trataban como considerábamos que lo merecíamos, o se le beneficiaba a un compañero que sabíamos trabajaba menos. De esta manera, podríamos enumerar mil ejemplos, pero siendo honestos, jamás consideramos la opción de “es mi culpa”.
¿Qué pasaba cuando ya no queríamos estar ahí trabajando o sentíamos que ya no éramos “necesarios”? De inmediato nos asesorábamos para saber qué hacer, porque no entras a trabajar para ocasionar problemas (aunque sé que hay sus excepciones) pero, buscas la forma de hacer valer tus derechos o como muchos dicen “que no nos chinguen”, porque lo consideramos “justo” en relación a nuestro esfuerzo o trabajo.
En esos momentos no nos detenemos a pensar la realidad económica de quien nos paga, y nos vale madres si tiene que vender su carro para pagarnos una liquidación, porque es su culpa no valorar nuestro trabajo.
¿Qué sucede al final? Entramos en negociación con el patrón, y lo que puede resultar es que nos paguen entre 45 y 60 días de indemnización más nuestros proporcionales (es la forma de negociar de la Procuraduría de la Defensa del Trabajo, que NO ES la Junta de Conciliación y Arbitraje). O también, logramos se nos pague la totalidad de una liquidación, es decir, los 90 días.
Pero bueno, pasó el tiempo y cambiamos de lado… Hoy somos los empresarios, dueños de nuestro negocio, a cargo de una plantilla.
Sé y conozco empresarios que sí se preocupan verdaderamente por ellos, y no solo para pagarles un salario. Se preocupan de una manera más humana, generándoles planes de vida y carrera que al final se traduce para ambas partes en un ganar-ganar. Esto tiene además un sustento, ya que está comprobado que te sale más barato capacitar un empleado que correrlo. Pero seamos honestos, este tipo de empresarios son la minoría.
¿Qué es lo que en realidad hoy pasa a los que somos dueños de negocios? Los empresarios están más preocupados por poder – en caso de ser necesario – pagar un finiquito y no una liquidación (recordemos que el primero solo te corresponden proporcionales de ley y en el segundo, también tu indemnización constitucional, entre otros), armando verdaderos teatros para tener elementos con los cuales pelear y justificar un despido como lo establece el artículo 47 de la Ley Federal de Trabajo (que es el único artículo que le digo a mis clientes que se tienen que aprender).
En mi opinión, el esfuerzo lo realizamos del lado equivocado. Porque el ánimo debe ser en poder generar mejor comunicación con nuestros empleados para verdaderamente conocerlos y generar una fidelización con ellos, o sea, que “se pongan nuestra camiseta”. Con mayor razón, si consideramos que solo el 12% de la totalidad de tu plantilla según estadísticas empresariales, son los que se esfuerzan de esa manera.
Para armar un teatro de despido necesitas: actas administrativas (bien levantadas), sanciones y tu aviso de rescisión. Y para fidelizar a un empleado, solo tienes que escucharlo, apoyarlo y mirarlo como lo que una vez fuiste tú.
Sé que muchos empresarios podrán decir que sus empleados no trabajan bien, que son conflictivos, flojos, que no les gusta obedecer, etc. Entonces, si se están dando cuenta de que algo está mal, debes poner mayor cuidado al momento de realizar la selección de personal, haciéndolo de una manera más profesional, atrayendo el talento, la personalidad y la actitud que tu negocio necesita.